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Relato: La dama de blanco y la dama de negro

 

blancoynegroRecupero para comenzar con los posts de este año 2014 uno de los primeros relatos que escribí sobre el lado oscuro de cualquier escritor. Blanco y negro…

La dama de blanco y la dama de negro

Estaba sentada junto al ordenador cuando llegó ella. Iba con su eterno camisón blanco de patitos multicolores. Me lanzó un libro que acababa de traer el mensajero. Estaba tan concentrada que no había oído el timbre.

Se sentó a mi lado y se sirvió un café con leche templada. Mordió despacio una galleta integral. Se notaba que estaba muy enfadada.

-Ya veo que al final lo has hecho -dijo de repente emojando con rabia la galleta.

No levanté la cabeza y asentí.

– A veces me pregunto por qué somos tan diferentes -volvió a reprocharme.

Volví a releer el párrafo que había escrito hace una hora. En un solo párrafo lo había logrado. No me había supuesto más que veinte palabras.

-No sé por qué has tenido que estrellar el avión.

Me levanté despacio y me serví una taza de café bien negro sin azúcar. Pensé que si no la contestaba todo acabaría rápido.

-¿Has salvado a alguien? -se atrevió a preguntar ante mi hermético silencio.

-No, era técnicamente imposible. El avión explota en la arena de la playa con todos los pasajeros dentro. 155 pasajeros y el piloto.

Ella se levantó indignada y dio unos pasos largos por la habitación.

-No sé cómo has podido… Tu vida se va convirtiendo en una venganza…

Yo no me molesté en contestar. Hace ya unos años les dejé con vida en otro relato por su culpa. Pero ahora era diferente mi novela estaba por encima de todo, por encima de la vida de los personajes, de los protagonistas,… Estaba incluso por encima de ella…

Alcanzó el sobre con las dos manos y lo abrió. Era la última novela de Fred Vargas.

Suspiró y bebió otro sorbo de café ya frío.

-Últimamente no te rodeas más que de malas compañías. Chusma. Así te va… Acabarás como la Donna Leon esa. Lo veo. Tú que podrías haber escrito cosas hermosas, llenas de niños, de amor, de historias con corazón… No te entiendo. Te agarras a la mano de lo siniestro.

Volvió a dar otra vuelta por la habitación agarrando con la mano derecha el borde del camisón. Me cansaban sus reproches continuos. Ella podía estar horas dando vueltas todo el día con la misma cantinela.
Ya no podía más… No lo soportaba.

Sin que me viera abrí la espita del gas, me puse el abrigo largo encima de mi salto de cama negro, me solté el pelo y salí por la puerta principal.

Esperé dos horas paseando por las calles vacías.

Cuando regresé no me lo podía creer: Me esperaba plácidamente dormida encima del felpudo tapada con la bata color blanca de patitos multicolores.

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